Una persona se define por los modelos que elige, con los que en general se identifica. Si Salvador Dalí eligió a Isaac Newton para homenajear, para simbolizar una persona avanzada y digna de ser emulada, es porque él también se veía así o quería ser así.
Cuando diseñó el Dolmen, el de Figueras llevaba viudo desde 1982. En 1984 sufrió un incendio en su casa. En 1986 se le puso un marcapasos, y tres años después falleció. Se le ofreció una plaza con su nombre en la capital del reino, y se le sugirió que el motivo también fuera en honor de su esposa. En circunstancias como ésas, uno pone de sí todo lo más personal, lo mejor, por lo que quiere que lo recuerden.
No es difícil reconocer a Salvador en el conjunto. El artista que muestra a los demás la idea que primero ha creado en su interior, esas esferas. El hombre sufriente que camina sobre el túmulo de su esposa muerta. El mediterráneo paseante junto al mar lleno de sol, con los cabellos al viento. La persona que siente pronto a cumplir su ciclo, que avanza hacia su ocaso.


